Una mirada al Fondillón III

Ana Maria Molina/ Mila de Torres

Los alicantinos, y especial la Huerta, tienen contraída una deuda de gratitud con la obra de ingeniería que Felipe II mandó realizar en el río Monnegre, cuando ya no es Verde y antes de que se transforme en Seco —el pantano de Tibi—,al arquitecto Juanelo Turriano, al parecer, autor de los planos, y al ingeniero militar Juan Bautista Antonelli, que ya había probado pericia en la construcción de torres defensivas y baluartes por toda Europa.

 

El pantano de Tibi y el sistema de riegos en la huerta de Alicante. De Armando Alberola Romá, 1984

La belleza y solidez de sus obras se puede admirar en las murallas de Peñíscola, en la reconstrucción del castillo de Santa Bárbara y la edificación de la torre de vigía de la Santa Faz en Alicante. El pantano ha despertado admiración por su excepcional diseño y construcción, y por ser el primero de Europa de tal envergadura, capaz de dar servicio a una zona ala que la naturaleza ha dotado de belleza y clima particularmente amable, pero ha sido poco generosa con el agua. Cavanilles, en su reconocida obra, describe así esa circunstancia:

La majestuosa obra llamó la atención de otro viajero ilustrado, Carlos Beramendi, cuyo recorrido por España se recogió en un largo informe, su Viage:

La huerta de Alicante asoció su florecimiento al suministro de agua del pantano y desarrolló durante siglos un creciente y próspero cultivo de vides, que era, sin discusión, su principal cosecha, y cuya producción, protegida por privilegios reales, floreció en la producción de un vino famoso, reconocido y preciado.

Pero hasta el xvii, no hemos oído hablar sino de tinto de Alicante o solo Alicante. La primera mención del vino con su nombre propio ya en español —Fondillón—, ya en valenciano —Fondellol— viene con este siglo. La primera mención es la descripción de un milagro del beato Andrés Hibernon en su causa de beatificación, recogida en la Tesis de Carmona (pp.13-14-15) que es quien primero da noticia de ello.

—Folio 345 de la edición facsímil del Tesoro

En 1611, el vino aparece definido en el Tesoro de Covarrubias, aunque la definición aluda más bien a un proceso de crianza y no a un vino particular.

El Diccionario Autoridades (1732) en el tomo III, recoge la definición:

https://www.rae.es/recursos/diccionarios/diccionarios-anteriores-1726-1996/diccionario-de-autoridades

La segunda acepción, ‘vino rancio de Alicante’ se incluye en la Tercera edición del Diccionario de la Lengua (1791), de modo que ya quedan delimitados el concepto, la localización y el nombre.

La Ilustración trajo un prototipo de noble interesado en los estudios humanísticos, la naturaleza, la economía provechosa, las aplicaciones agrarias, los tesoros de la Antigüedad, la arqueología… Y en esta descripción, como de molde, encaja un interesantísimo personaje: el alicantino conde de Lumiares(marqués de Castel-Rodrigo y príncipe Pío de Saboya), cuya vida, sin duda precursora del Romanticismo que se extendió en la centuria siguiente, transcurrió entre la indisciplina, la amistad estrecha con ilustrados de la talla del Marqués de Valdeflores, Gregorio de Mayans y el científico y explorador escocés William MacLure, largo tiempo invitado en su propia finca de San Juan,las intrigas, las causas en tribunales, los litigios y disputas familiares, y su inclinación devota por la arqueología, que le llevó a escribir varias obras muy apreciadas por los eruditos contemporáneos, entre ellas un tratado  sobre la antigüedad de Alicante. Nos importa este ilustrado porque se interesó también por el cultivo de las vides y la elaboración del vino en la Huerta alicantina, en donde heredó de sus padres una finca, aunque fue su hermano quien se dedicó al cultivo de la finca mayor. Este saber lo recogió en un artículo publicado en mayo de 1808en elSemanario de Agricultura y Artesparapárrocos (BN. Hemeroteca Digital“1134-3869{022}”).

Pág. 293 del tomo xxiii del Semanario de Agricultura y Artes. Hemeroteca Digital (BN)

El siglo XVIII, en su segunda mitad, fue muy productivo para la consolidación del vino, en nombre, predios y comercio. De la prosperidad que rodeaba al comercio del vino da cuenta este revelador fragmento de Piqueras en Canelobre (p.13):

Vista del puerto de Alicante Joaquín Agrasot. Museo de Bellas Artes. Gravin

Atraídos por esta floreciente actividad, un verdadero río de emigrantes franceses se asienta en la ciudad y su provincia, y prospera económica y socialmente al tiempo que se desarrolla la ciudad. El puerto de Alicante, su capital, su huerta y toda el área productiva de sus municipios vinateros era un emporio comercial, según Figueras Pacheco (1920-1927: 198), supera en importancia al de Barcelona, por el volumen de su tráfico y de su trasiego comercial.

(Planelles, M.; op. cit, 119); solo los períodos bélicos del XVIII disminuyeron la actividad portuaria.

Los miembros más destacados entre los comerciantes franceses del siglo XVIII se afincan definitivamente en Alicante mediante la adquisición de propiedades, la mayoría en zonas de regadío: la viticultura en el siglo XVIII es el pilar económico de la ciudad y constituye la actividad de la tierra más ejercida por los franceses. Simboliza el prestigio social y económico, y sirve como plataforma para puestos de influencia política en la oligarquía urbana (vid. Planelles, op. cit, 120).

Dama en el balcón. Óleo sobre tabla. Emilio Sala francés

También en el XIX, una vez superada la crisis de la guerra de la Independencia y el trauma económico y social que produjo, llegan familias francesas a Alicante para dedicarse a negocios relacionados con el vino: los Maisonnave, los Fresneau, los Dupuy, los Bardin y los Gaubert. Estas firmas francesas pronto se unen a los grandes cosecheros locales y «se convierten en bodegueros-comerciantes o comisionistas de vinos con vistas a la exportación» (Nuño de la Rosa, 2005: 66). El Ministerio de Fomento del primer gobierno liberal disuelve por Decreto La Junta de Inhibición en 1834. Al vino alicantino ya no le hace falta proteccionismo para ser rentable: la llegada del ferrocarril en la segunda mitad del S. XIX hará más fácil y rápida la salida y difusión de nuestro preciado líquido.

Tanto Piqueras como Nuño de la Rosa,coinciden en denominar la etapa de 1854 a 1863 como la Edad de Oro del vino alicantino, tanto en lo que se refiere a su producción como a su exportación.

El profesor Ponce Herrero (2016), aplica el modelo Hinnewinkel de creación de un  terroir para los vinos de Burdeos al área de Alicante, y sostiene que la segunda fase, la de implantación del circuito comercial y la diferenciación del producto, se hace a partir de la variedad autóctona monastrell, con la que se  elaboraba el Fondillón: «vino dulce con alta

graduación que alcanzó gran demanda internacional ─en competencia con el jerez, el oporto─ y fijó en la ciudad un nutrido grupo de mercaderes franceses, italianos, ingleses y alemanes». A finales del XIX (vid. Ponce Herrero, 516), el catálogo de vinos de Maisonnave, registra estos precios que revelan el valor del Fondillón en la época: vino Alicante fondillón, 800 francos hectolitro; Málaga,135; Porto, 153; Xerez, 204…

De entre todas las familias francesas dedicadas al negocio del vino, destaca el ilustre miembro de estos linajes, Juan Maisonnave, quien dedicó su vida al estudio, cuidado de los viñedos, elaboración y crianza; y, por encima de todo, a cimentar y difundir el prestigio del preciado fondillón. Su celo fraguó en el brillante papel de sus vinos en concursos y certámenes: recibió diplomas de honor (París, 1867; Zaragoza, 1868; Valencia, 1867; y Madrid, 1877); asimismo, obtuvo la Gran Medalla de Oro en la Exposición de París de 1878 y la Medalla del Progreso en Viena el año 1879). Se esforzó en prevenir  el contagio de la epidemia y, cuando se produjo, gracias a su diligencia y precaución, aun siendo destructiva, lo fue menos que en otras regiones en las que entró.

La tercera fase para la consolidación del terroir, en el modelo de Hinnewinkel, es la definitiva, pero en Alicante se vio truncada por dos circunstancias: el exceso de demanda consecuencia de la plaga en Francia, que sustituyó la calidad por la cantidad, «el País Valenciano duplicó su producción vitivinícola y se convirtió en la bodega de Europa» (Joan C. Martín en la presentación de su libro Valencianos contra la filoxera),y la llegada a principios del XX de la propia plaga.

La demanda europea casi inextinguiblee imposible de abastecer(hasta el punto de firmarse un tratado de libre comercio con Francia para surtir de vino al mercado francés que terminó en 1892 con la recuperación del viñedo francés; el volumen de exportación por el puerto de Alicante creció de forma espectacular, hasta alcanzar 2 500 000 de hectólitros en 1891) impulsó una expansión sin precedentes de vides por el cauce del Vinalopó, pero también acarreó un descenso de la calidad en la oferta, que pasó de ofrecer un producto exigente y refinado a vender granel y vino joven que se sometería en Francia a la moderna crianza bordelesa.


El profesor Ponce señala que los comerciantes que llegaron con la enfermedad del viñedo en Francia solo compraban materia prima para los vinos franceses y no se interesaban por elaborar aquí vinos de calidad: «la tardía cosecha de la monastrell, la lenta crianza en barricas para la elaboración del Fondillón, fueron relegadas por el empuje de la acelerada demanda de vinos jóvenes sin crianza». El fin del tratado, con la caída a plomo de las ventas de vino y de los precios —«Ha quedado reducida la demanda por aquel concepto a una octava parte de la producción» (Vargas, Alicante y Murcia 1895 pp. 23 y 28)— fue la avanzadilla de lo acarrearía la plaga del viñedo cuando asomó en Alicante en 1904.

Para Europa fue una hecatombe: «en 10 años sus ancianos viñedos quedaban devastados y las zonas vitivinícolas, arruinadas (…) un desastre social sin paliativos. Fue literalmente un Armagedón para el sector, para los empresarios y las vidas de los agricultores que bregaban con ello (Van den Brule, El confidencial8-6-2019). En palabras de Azorín, recogidas por Poveda en Canelobre,

 

Lo cierto es que,si bien la filoxera resultó terrible para el viñedo en España, una vez recuperado de la plaga ─después de décadas─, la elaboración se modernizó y adquirió una saludable vertiente industrial. Para el Fondillón, sin embargo, fue una catástrofe que se tardó décadas en superar: pérdida de vides, recursos, prestigio internacional y posicionamiento en el mercado exterior e interior hasta casi la desaparición. La Huerta de Alicante «se abandonó, las acequias se llenaron de tierra, los caminos se olvidaron, las casas se abandonaron y las torres de la Huerta se comenzaron a destruir» … Valero, («La Huerta alicantina y el vino Fondillón», 2014). El viñedo quedó devastado durante las dos primeras décadas del siglo, y solo una lenta y exasperante reconstrucción sobre lo arrasado por el parásito, una y otra vez, logró tras décadas de esfuerzo recuperar en parte lo aniquilado. Joan C. Martin y John Maher señalan «el drama humano que supuso para la población: si se perdían viñedos se perdía el derecho a cultivar las tierras, ya que los contratos de arrendamiento se basaban en el ciclo vital de la viña» y muchísimas familias fueron expulsadas así de las tierras que habían cultivado durante generaciones.

Arrasada la Huerta, el Fondillón fue perdiendo producción, se redujo a las zonas interiores en las que escasísimas monastrell injertadas habían logrado sobrevivir, pero pocos viticultores dedicaron a ello sus esfuerzos. 

El catastro de 1975 (MAPA, 1977) indica que de las 33.489 has. plantadas y acogidas ala DO Alicante, casi el 20 por ciento eran de pie franco: es decir plantadas en suelos arenosos, pedregosos de montaña o muy húmedos en los que no podía llegar o vivir este insecto (vid, Martín Martínez, J. Desde el siglo XIII a la actualidad, p. 82).

La titánica empresa de reconstrucción había empezado. En 1932 llega el Estatuto del Vino y en septiembre de ese año (Gaceta de Madrid) se crearon primeras las Denominaciones de Origen con una similitud notable a la protección y definición de la Junta de Inhibición del vino alicantino, basado en el privilegio de don Fernando el Católico (1510), este hecho llevó a la aglutinación de los pequeños productores en cooperativas fundadas previamente en el asociacionismo agrario promovido por líderes agraristas de la época e intelectuales de corte fisiócrata («laissez faire, laissez passer») y talante liberal —médicos, maestros, párrocos, ingenieros, abogados…—, y propietarios de bodegas que pusieron sus instalaciones al servicio de los cooperativistas.

La guerra civil, que destruyó y saqueó propiedades, y la posguerra, con su cohorte de escasez y autarquía, frenaron la recuperación. Lentamente la economía fue resurgiendo y, en el viñedo, la sufrida y recia monastrell, «nuevamente extendida por el solar alicantino, fue la base de la economía y de los ingresos sociales de la vinería del Vinalopó» (Martín Martínez, op. cit. 83). Pero el fondillón casi había desaparecido: de un pasado glorioso a la amenaza de la extinción.

Sin embargo, Como en una apasionante historia de aventuras, agotada la Huerta y colonizada por el crecimiento urbano, cuando casi estaba en trance de extinguirse, el Vinalopó tomó el relevo: sus paladines rescataroneste noble vino y le insuflaron nueva vida. Son célebres y entrañables las anécdotas que se asocian a su renacimiento, y vale la pena recordarlas para que la dedicación generosa de sus protagonistas reciba la gratitud que merece porque la deuda con ellos es impagable.
 A la familia Quiles, veteranos bodegueros de Monóvar, asiento de esa resurrección, solo le dejaron dos tonelesde 1892, a cuya solera se le denominó El Abuelo, en honor a su fundador: Primitivo Quiles Verdú. Después llegó la solera 1948, tras una excepcional cosecha de monastrell, se rellena uno de esos viejos toneles y se inicia la solera Gran Imperial. Cuando la de 1948 estuvo preparada para salir al mercado, lo hizo como lo que es: una joya enológica de refinamiento y aprecio.

La otra encomiable labor de investigación, recogida minuciosa de la tradición y, sobre todo, de la tradición culta y humanística del fondillón se debe a la familia Poveda: el proverbial encuentro entre Eleuterio Llorca (descendiente de Maisonnave), heredero de un tonel de 1700 litros de fondillón cuya solera se remontaba a 1871, y Salvador Poveda, bodeguero de Monóvar. Este encuentro dio lugar a una estrecha y fructífera revitalización del viejo vino añejo de nombre Fondillón y larga Historia.
Solo faltaba, como acreditado vino de reyes, la intervención real: con motivo de una cena de gala en 1976 en el castillo de Santa Bárbara, Salvador Poveda presentó al Rey este noble vino, que el monarca no conocía, pero que a partir de este momento, incorporó a la mesa real y a las comidas de Estado.

Ya estaba vivo, ahora había que impulsar su expansión, darlo a conocer y que logre, de nuevo, enamorar a quienes lo prueba para que se conviertan en devotos. A este renacer contribuyeron la investigación y las lecciones de Carmona en su tesis y en su actividad profesional, el número creciente de estudios, artículos científicos y monografías, la difusión y recuento de su glorioso pasado emprendido por Rafael Poveda, la sugestiva innovación en el formato, la mercadotecnia y la gastronomía que en los últimos años de este joven siglo han emprendido como un solo hombre todos los que aman este vino y se entusiasman con su prodigioso sabor y su inagotable e historia.

BIBLIOGRAFÍA

Consultar Referencias Bibliográficas en al apartado PUBLICACIONES).

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