La bodega de Javier

Era un reflejo de su mundo; no solo la colección de un devoto del
vino, sino la de un verdadero conocedor: un microcosmos de sabiduría
enológica, un despliegue de matices, tendencias, estilos o sensaciones
fraguada lo largo de años, experiencias, momentos y vivencias.
Era su sueño… En ella atesoraba delicadas joyas, reunidas con mimo
y criterio selecto, junto a prestigiosas botellas que elevaban ese conjunto de
maravillas a la altura de la excelencia. Vinos que conocía, amaba y le hacían
feliz… Pero también constituía un desafío y un quebradero de cabeza: a ese
depósito de prodigios había que dedicarle cada vez más espacio, más orden,
más catalogación, más tiempo… Nunca terminaba su demanda: siempre
había un más allá.

Aun así, con cada botella mantenía un diálogo amoroso. Cada vino
tenía su historia: conocía casi siempre la tierra de donde salió, su genio
creador, las anécdotas que ilustraban el proceso de vinificación… Así que,
cuando se lo entregaban, realmente le cedían el testigo de su cuidado
porque se erigía en custodio de esos tesoros. Para él, vinos irrepetibles cuyo
valor excedía siempre su precio, porque cada botella era única y plena de
evocaciones. Procedían de un sitio concreto y de un tiempo especial, de un
espacio amable de la memoria: «aquella me la regalaron cuando» …; «esa
me la traje de»…; «y esta la compré para»… Había botellas para celebrar el
momento o para evocarlo con su presencia: nace su hija y brinda con un
Bollinguer Blanc Vieilles Vignes Francaises del 99… Quizá, sus notas de
distinción, brillo y dorada elegancia proyectaban, como esa niña, una
promesa gozosa.

Unas veces, sus vinos miraban hacia delante, por su gran potencial
de envejecimiento, y ahí estaban los poderosos y soberbios taninos de un
Doble magnum de Vega Sicilia, del año que nace su hijo: de nuevo, futuro
prometedor; otras, se vinculaban cordialmente a alguna fecha especial en
su memoria: un aterciopelado Chateau D’Yquem de cuando conoce a su
mujer o un Oporto Vintage del año en que él nació.
Su bodega era tan similar a él, tan él mismo… Un aura de rareza,
reflexión y genialidad.

Fue Javier un experto sin segundo en los vinos franceses, no solo por
la precisión y amplitud de su ciencia sobre ellos, sino porque, gracias a su
magisterio, abrió la restauración exquisita al conocimiento y a la aplicación
de esos vinos que, naturalmente, ocupaban un lugar especial y ferviente en
su bodega: para él, Chateau Margaux era el refinamiento y elegancia de la
cabernet, emblema de Burdeos; La Tache componía la plenitud, la perfecta
redondez de la intensidad gustativa. Romanée- Conti, el esplendor del mito
y la leyenda. Se constituyó en ardiente paladín de la botritis que logra el
prodigio aromático de un Oremus Eszencia. Poesía líquida. Pasión y ciencia.

Apreciadas etiquetas que representaban sus más entrañables valores.
En su bodega atesoraba la amistad en un Vera de Estenas, la esperanza en
Valenciso, la fortaleza de los Muga, la libertad de Gutiérrez de la Vega, el
respeto a Pago de los Capellanes, la admiración apreciativa a nuestra más
sentida historia enológica con sus Pedro Ximénez y olorosos, o la devoción
que sentía por Alejandro Fernández… Botellas que consagraban vínculos
eternos.

El sanctasanctórum de sus vinos ─el sitio de su recreo─ era todo
esto: un itinerario por un mundo de paisajes variados, de complejos
terroirs, vinculados a una identidad propia; un paseo por el arte, por las
emociones que trascienden los sentidos; y un viaje por el tiempo, porque
cada cosecha era distinta y él disfrutaba al comparar esa verticalidad: las
variables que ofrecía el clima y tomaban cuerpo en cada cosecha, los
cambios de estilo, de técnicas o de enólogo en una misma bodega y que le
permitían ver, con sutileza de exégeta, la evolución al comparar las
distintas añadas, seguir su avance y hacer historia al descubrir el sabor al
tiempo.

Era la bodega de un gran maestro que interpretaba como nadie la
complejidad que cada botella encierra, y nos guiaba con suave imperio para
entender el universo que cada botella encierra. En palabras de François
Audouze, vinos de «subtilités infinies. C’est comme Baudelaire, Verlaine ou
Rimbaud: qui peu prétendre quíl a tout compris des intentions du poéte?»
Pasión y talento. Partículas de amistad; gotas vivas de tiempo;
átomos de perfección. Así era su bodega, la suprema excelencia.
Y, como él, la dicha efímera.