Quiero yo ofreceros una visión más personal de Javier, a través del mundo y de la imagen del vino que nos unía.
Daros una pequeña mirada a su gran figura, a lo que representó para nosotros, sobre todo, para mí. Conocía a Javier desde principio de los 90 y siempre lograba impresionarme: era la sencillez, la elegancia, la educación y el saber estar. Pero lo que más me admiraba era su manera escuchar: ponía en práctica aquello que decían los clásicos de que lo más auténtico que podemos dar a otra persona es nuestra atención. Y él prestaba atención de verdad.
Con él te sentías libre: de disentir, de opinar y de ser tú mismo. Porque también tuvimos nuestros desacuerdos que, a mí, desde luego, me hicieron crecer. Veréis, yo empecé trabajando con la Cabernet, y unas veces me daba consejos que me gustaban, pero en otras era muy crítico conmigo. Con el tiempo comprendí por qué era tan exigente conmigo y con lo que estaba haciendo: porque con nosotros aspiraba a la perfección.
Hay personas que saben mucho de algo, Juancho, por ejemplo, conoce cada rincón de Italia; pues bien, Javier es la persona que yo conozco que mejor conocía Burdeos. Cuando él hablaba de casas de estilo, del terroir, el que hablaba era un experto de primera mano. Y es que Javier era muy avanzado: en los 90, aquí nadie hablaba de vinos franceses, nadie sabía nada de Francia, nadie guardaba vinos ni tenía ese concepto de vinos de guarda.
Fue un auténtico visionario, sabía cosas de las que nosotros distábamos años luz: de cómo se debe mimar, cuidar, amar o disfrutar un vino. Llegó a poseer una gran bodega, coleccionaba grandes vinos y ¡hasta conocía personalmente a sus productores! La suya era una mirada más amplia y más sutil.
Una mirada, sí… Cuando nos presentamos, según me iba contando cosas, me abría los ojos a la labor del sumiller —figura que él encarnaba como pocos— y la función crucial que desempeñaría en la restauración. Esto… lo estamos explicando ahora. Su mensaje fue visionario en todo lo que decía.

Y desde el primer momento, en su firme apuesta por el Fondillón, fue un adelantado, un precursor: él lo dijo antes que nadie, lo vio venir y estaba seguro valor.
Su figura y su mensaje calaron en mí, y con la distancia lo he visto.
Pero, por encima de todo, tuve el privilegio de ser su amigo personal: asistí a su boda con Ana, allí en Huercal-Overa. Hemos compartido experiencias muy bonitas y, con la distancia, he llegado a ver lo grande que era. Era una persona avanzada a la realidad; como he dicho, un visionario.
Al mundo del vino le debo mucho: me ha forjado como persona, me ha dado paz interior, saber esperar a las viñas, me ha formado como hombre… Y también me ha dado la posibilidad de viajar y de relacionarme con muchas personas. Gracias a ello, he conocido a mucha, mucha gente importante, no me refiero a poder económico, sino a personas interesantes, importantes en sí mismas. Una de esas personas, importantes de verdad para mí, ha sido Javier.
Esa bondad, esa cultura, esa humanidad suya, yo, que conozco a mucha gente, puedo asegurar que pocas personas se le acercan.
Y esto era lo que hoy quería compartir con vosotros. Gracias
PEPE MENDOZA. «Sobre Javier»

